sábado, 27 de junio de 2009

XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

La muerte es siempre un escándalo, sobre todo para un creyente. El libro de la Sabiduría parece querer evitártelo, cuando dice: “Dios no hizo la muerte”. Pero tú intuyes que puedes añadir, aunque te inquiete lo que vas a decir: “Tampoco hizo la vida”, pues vida y muerte no son cosas que se hacen, sino procesos que se experimentan.
No te dejes acobardar por el escándalo y entra en el misterio asombroso de la relación de Dios con la vida y con la muerte: “Dios no se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera”. La Sabiduría se acerca con palabras nuestras al misterio de Dios, y nos deja entrever dónde encuentra Dios su complacencia y qué sueños son los que acaricia en su intimidad. Dios se recrea en lo que hace, y no encuentra gozo en la destrucción. El sueño más íntimo de Dios es la vida de todo lo que ha creado.
No pienses, sin embargo, que has de llamar vida a cualquier cosa, pues la vida que Dios ama y por la que lucha en todos los ámbitos de la creación, lleva consigo la justicia y el bien, la libertad y la paz, la reconciliación y la verdad. La vida lleva consigo la inmortalidad, pues todo, desde la justicia a la verdad, ¡todo es inmortal!
Te he dicho de la vida que Dios ama. Y porque no pienses que lo dicho es invención mía, recuerda las palabras de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que tenga vida eterna”. Y aquellas otras: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. En realidad, lo que se proclama en el evangelio de este domingo es narración de la lucha de Dios por la vida del hombre, por la salud del hombre, por la paz del hombre: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella para que se cure y viva… Entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: …levántate”. Y a la mujer que, pensando que con solo tocar el vestido de Jesús quedaría curada, Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha curado, vete en paz y con salud”.
Intuyo, hermano mío, hermana mía, que la vida, siendo lo que ya tenemos, es sobre todo lo que aún no tenemos, lo que un día esperamos alcanzar, porque Dios lucha por ello, y nosotros nos unimos a esa lucha con la pasión que en nuestros corazones pone el amor de Dios.
Te he dicho de la vida por la que Dios lucha. Y porque no pienses que la palabra lucha es excesiva para indicar el compromiso de tu Dios con la vida, deja por un momento la casa del jefe de la sinagoga con su velatorio por la niña muerta, deja el camino que Jesús recorre acompañado de tanta gente que lo apretujaba, deja Galilea por Jerusalén, y mira a Jesús luchar por la justicia y el bien, la libertad y la paz, la reconciliación y la verdad, mira a Jesús luchar hasta perder la vida por tu vida.
Tal vez ahora empecemos a intuir qué significa la palabra cristiano: “cristiano quiere decir hombre de Cristo”. Tú puedes añadir: cristiano es aquel hombre, aquella mujer, que por ser de Cristo, aman la vida, luchan por la vida, hasta perder la vida en esa lucha. Cristiano tal vez sea sólo un hombre, una mujer, en quienes Cristo continúa su batalla por la vida, esa vida que empieza en el seno materno y aspira a la inmortalidad de la justicia y la verdad. Feliz domingo.

+Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger


Edita: Edelweiss

sábado, 20 de junio de 2009

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Todo había comenzado con el anuncio de la cercanía del reinado de Dios. Desde entonces, Jesús se manifiesta como aquel que con su palabra rompe la arrogancia de las olas, y opone a la prepotencia de la maldad la fuerza del amor.
Hay una extraña concordancia de detalles entre la narración de la tempestad calmada y la narración que el mismo evangelista hace de la curación de un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaún. Creo que explicitar esa concordancia nos ayudará a entrar en el misterio de Jesús y a comprender mejor el significado de estas narraciones.
Jesús y el endemoniado de la sinagoga: “En aquella sinagoga estaba un hombre poseído por un espíritu inmundo, y se puso a gritar… Jesús le intimó: _ ¡Cállate y sal de este hombre! El espíritu inmundo lo retorció y, dando un alarido, salió. Se quedaron todos tan estupefactos que se preguntaban unos a otros: _ ¿Qué significa esto? … Da órdenes a los espíritus inmundos y le obedecen”.
Jesús y la tempestad en el lago: “Lo despertaron, diciéndole: _Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? … Increpó al viento y dijo al lago: _ ¡Silencio, cállate! El viento cesó y vino una gran calma… Se quedaron espantados y se decían unos a otros: _Pero, ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”
Sea que entres con Jesús en la sinagoga, sea que lo lleves contigo en la barca, serás testigo de su lucha contra el espíritu del mal, contra el espíritu inmundo, contra el viento que alza las olas y zarandea sin piedad la barca de tu vida. En la sinagoga y en la barca serás testigo de obras maravillosas, te asombrarás por lo que has visto, quedarás estupefacto, tal vez espantado, y te preguntarás: ¿qué significa esto?, ¿quién es éste? Y tus preguntas quedarán sin respuesta, porque Jesús tiene palabras que tú no tienes, y ejerce una autoridad que tú no conoces, y con sus palabras y su autoridad te recuerda más el poder creador del Dios de Israel que tu pobre y frágil debilidad ante la fuerza del mar y del mal.
Deja por un momento la sinagoga y la barca, y busca a Jesús para escucharle en la cátedra de la cruz. Allí lo hallarás enseñando con autoridad; allí verás que libra el combate definitivo con el espíritu del mal; allí lo admirarás dormido después de la dura batalla. Allí Jesús tiene palabras como las tuyas, gritos como los tuyos, y una debilidad como la tuya. Ahora ya no haces preguntas que se quedan sin respuesta, sino que pronuncias una confesión llena de asombro y de admiración: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”.
Amor en la sinagoga, amor combativo en el lago, amor hasta el extremo en la cruz, amor en la Eucaristía que de todo aquello es memoria verdadera. “Y el viento cesó, y vino una gran calma”, porque Dios es amor. Feliz domingo.

Fr. Santiago Agrelo Martínez

Arzobispo de Táger


Editado por Edelweiss



domingo, 14 de junio de 2009

SABOR A DIOS

Todavía se sostienen en el aire las palabras de Jesús en Jueves Santo: “tomad y comed; tomad y bebed”. Desde entonces, y han pasado muchos siglos, los cristianos entramos, muy especialmente en comunión con Jesús, por el sacramento admirable del altar. Nos fortalecemos cada vez que lo comulgamos. Nos hacemos fuertes, cuando recibiéndolo, somos conscientes de que automáticamente nos convertimos en sagrarios vivientes: ¡Dios ha entrado en nuestros corazones!
1.La festividad el Corpus Christi nos da fuerza para seguir adelante. El Señor, en custodia y rodeado de la fidelidad y del cariño de los suyos, nos precede. Nos comunica que se compromete con nosotros. Que avanza a nuestro lado. Que no vive de espaldas a nuestras pesadumbres. En definitiva, cada vez que celebramos esta fiesta, renovamos con emoción y con firmeza lo que el sacramento encierra: Dios está aquí y es “la fuente y la cumbre de nuestra vida cristiana” (L.G.11).
¿Cómo no vamos agradecer tanto al que tanto nos ama? ¿Cómo no vamos a echar el resto, toque de campanas y oraciones, cánticos e incienso, adornos y alfombras con Aquel que tanto fecunda y anima nuestra vida? ¿Qué no nos hemos de quedar en eso? ¡Por supuesto que no! Pero que, ello, no sea justificación para no poner en el centro de este domingo –radiante y espléndido- lo que es vida en nuestra muerte, fuerza en nuestra debilidad, recuperación en nuestro hastío, ilusión en nuestro desencanto, generosidad en nuestra tacañería: LA EUCARISTIA.
2.El amor de Jesús que fue impresionantemente volcado, a los ojos de los apóstoles en aquel primer Jueves Santo, se derrama, se desparrama un año más en una inmensa patena, en un gigantesco cáliz a través de las calles y plazas. Allá donde los cristianos, siendo patenas que reciben el clamor de los más pobres o cálices que acogen el desconsuelo de las personas, lo hacen en nombre de Jesucristo muerto y resucitado.
¡Qué gran sabor tiene el Corpus Christi! ¡Paladar de Eucaristía! ¡Aroma a Jesús! ¡Gusto a Espíritu! ¡Sabor a Dios!
Al acompañar a Jesús Eucaristía en solemne procesión, nos comprometemos más con su causa. Manifestamos públicamente que somos de los suyos. Que su mensaje no queda bloqueado, y menos atrincherado, en las cuatro paredes de una catedral o de una parroquia.
El Señor, antes de marchar al cielo, nos dijo “ID”. Desde entonces, los cristianos, hemos aprendido la siguiente lección: no nos podemos detener. El Señor nos aguarda en el horizonte; nos espera en el compromiso activo y sin límites en pro de un mundo mejor. Por ello mismo al mirar en este día la custodia, pletórica del Cuerpo de Cristo y rebosante de la Sangre de Cristo, no podemos menos que sentir esa presencia divina que nos reanima, que nos hace valientes y nos alienta a dar razón de nuestra esperanza en un mundo vacío de Dios. Una tierra que, por unas horas, es iluminada por cientos y miles de procesiones eucarísticas con la única presencia real y misteriosa que es Cristo Eucaristía. ¿Nos daremos cuenta de todo ésto en este día?
3.Y, por supuesto, al celebrar el día del Corpus Christi, homenajearemos a Cristo con aquello que bien sabemos mucho le agrada: la caridad. Nuestra vida cristiana, sin gestos de fraternidad, se queda sin brillo. Nuestra aclamación a Jesús, sin la ayuda a los más necesitados, es un grito a medias. Nuestra procesión del Corpus Christi, sin nuestro recuerdo y limosna a favor de los más pobres, es un camino incompleto, una piedad demasiado cómoda, una devoción sin referencia a nuestros hermanos.
Fiesta del Corpus Christi. El Señor está en medio de nosotros. Irá delante de nosotros por la gran encrucijada del mundo. Le escoltaremos con nuestra música, cantos, lágrimas, postrándonos en tierra….y le diremos que, en los que más sufren y necesitan un apoyo moral o económico, también le encontraremos y también le adoraremos.
¡Viva Jesús Sacramentado!




Edita: Edelweiss