domingo 29 de noviembre de 2009

¡PRESENCIA EN LA AUSENCIA!


Con el Tiempo de Adviento, comienza para nosotros el Año litúrgico, un año de gracia del Señor.
Nuestra celebración eucarística se abre con palabras de súplica, que nacen de conciencia humilde y corazón confiado: “A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío”.
Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, como quien desde la tierra, desde lo hondo, desde la noche, desde la ausencia, busca las huellas del Amado.
Decimos al Señor, a ti levanto mi alma, pues en la noche de su ausencia nos sentimos pequeños como niños, necesitados como niños, confiados como niños.
Le decimos, a ti, Señor, levanto mi alma, pues lo reconocemos grande, el único grande, generoso, el más generoso, cariñoso, el más acogedor.
Le decimos, a ti levanto mi alma, y a él volvemos los ojos desde nuestra soledad, y en la mirada levantada, el alma y el corazón salen clamando, con la certeza de que el Señor se abajará hasta nuestra pequeñez, y nos levantará hasta su pecho, hasta su rostro, hasta sus mismos ojos.
Éste es nuestro Adviento, tiempo de humildad confiada, de confianza humilde, de deseo ardiente, de mirada al cielo, de esperanza cierta.
Éste es el tiempo en que tu Dios se te hace presente en el misterio de su ausencia:
Apagada la antorcha del ocaso,
de amor se enciende el alma de la Esposa,
para ver de su Amado en cada cosa
la huella misteriosa de su paso.

Noche, que del Amor traes memoria,
noticia de su ausencia a nuestro anhelo,
serías, si le hallásemos, ya el cielo,
y tu sombra sería ya la gloria.

Cuando llegue la dicha del encuentro,
comunión del Amado con su Amada,
la Iglesia brillará inmaculada,
pues Dios será su lámpara y su centro.
Feliz domingo.
Feliz espera del Señor.
Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger


Edita: Edelweiss

domingo 22 de noviembre de 2009

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO



ÚLTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

En la eucaristía y en los pobres nos visita… ¡El Rey!

A un pobre, juzgado por sanedrines teocráticos y magistrados imperiales, condenado por todos, ajusticiado como blasfemo, como esclavo y criminal, y sellado en un sepulcro para enterrar allí con su cuerpo también su memoria, a ese pobre los cristianos lo celebramos en la liturgia de cada día, que es lo mismo que decir, lo recordamos con agradecimiento y con fiesta, y hoy lo declaramos, no sólo nuestro Rey, sino El Rey del universo, ¡El Rey!
Interrogado por el procurador romano: ¿Eres tú el rey de los judíos?, Jesús de Nazaret, un hombre despojado de todo poder, un acusado a quien todos podían escupir y despreciar, humillar y atormentar, responde: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
Ese hombre, Jesús, con su púrpura de burla, su corona de espinas, su trono de crucificado, ése es el Rey ante quien nosotros nos inclinamos, henchidos de luz los ojos, henchido de gozo el corazón; ése es el Rey a quien hoy aclamamos diciendo: El Señor reina, vestido de majestad.
En ese hombre, en ese pobre, en su abandono, en su debilidad, reconocemos el amor que da consistencia al universo, la fuerza que lo mueve; en ese retoño sin aspecto que pudiéramos apreciar, en ese desecho de hombre, reconocemos al Hijo más amado, en quien el Padre quiso fundar todas las cosas: Así está firme el orbe y no vacila.
En ese crucificado reconocemos a Aquel que nos amó y nos liberó de nuestros pecados y nos ha convertido en un reino, y nos ha hecho sacerdotes de Dios.
De ese hombre nos fiamos. A ese Rey le abrimos de par en par las puertas de nuestra vida
Sea que lo recibamos resucitado y humilde en la divina eucaristía, sea que lo recibamos herido y necesitado en el cuerpo de sus pobres, es siempre el Rey quien entra en nuestra vida, es el Señor quien se sienta como rey eterno, es el Señor quien bendice a su pueblo con la paz.
Pero éstas son sólo cosas de la fe, misterios que la fe revela, alegría que ella pone en el corazón, luz que ella enciende en la mirada. El milagro de la fe nos permite ver al Rey, recibirlo y abrazarlo en la Eucaristía y en los pobres.

Fr. Santiago Agrelo Martínez

Arzobispo de Tánger

Edita: Edelweiss






domingo 15 de noviembre de 2009

XXXIII DOMINGO DEL TIEMO ORDINARIO


Me saciarás de gozo en tu presencia.

Hemos llegado a los días finales del Año litúrgico, y la comunidad creyente vuelve la mirada a los acontecimientos últimos de la historia de la salvación. Hoy, a la luz de la fe, la Iglesia contempla la venida del Hijo del hombre “sobre las nubes con gran poder y majestad”.


La eucaristía que celebramos es anticipación sacramental de aquel día de consolación que esperamos.

El que hoy nos reúne para que escuchemos su palabra y lo recibamos en comunión, en aquel día reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos. El que hoy es pan para nuestro camino, será nuestra vida en la meta alcanzada. El que es ahora nuestra esperanza, será entonces nuestra gloria.

Considera, Iglesia amada del Señor, el misterio de la eucaristía que celebras, y vuelve a pronunciar las palabras de tu oración: “El Señor es el lote de mi heredad… con él a mi derecha no vacilaré”. Entra en el amor que te envuelve: Dios es tu herencia; Dios es tu fuerza; Dios es tu Dios… Las palabras de tu oración se han llenado de significado nuevo: “Se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas”.

El salmista de la alianza antigua no pudo conocer esa alegría tuya, no pudo experimentar tu gozo, pues él sólo conoció figuras de las realidades celestes que tú has podido gustar.
Con todo, tú que gozas con la verdad de lo que has recibido, suspiras siempre por alcanzar lo que todavía esperas. Tú sabes del que amas, y gozas ya con su presencia; pero lo ves todavía en su pequeñez sacramental, en su soledad, en su abandono de Amor no amado.
Tú sabes del que amas, y él es ya tu dicha, pero sólo puedes abrazarlo pobre, sólo puedes ser feliz con lágrimas, sólo puedes conocer esa amargura dichosa. Y sueñas otro tiempo, deseas otro encuentro, buscas otra dicha: “Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. Por eso, con los ojos puestos en el futuro, oras y trabajas para que amanezca el día en que puedas, finalmente, abrazar sólo hambrientos saciados y descubras que Dios es la herencia de los pobres.
¡Ven, Señor Jesús!

Fray Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger
Edita: Edelweiss