domingo, 14 de noviembre de 2010

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C


Apariencias y verdad:

Me pregunto qué relación podría haber entre profecía y evangelio proclamados en la liturgia de este domingo. Algo me dice que allí se habla de apariencias y de verdad.
Profecía y evangelio nos recuerdan que las apariencias engañan, pues “llamamos felices a los arrogantes, que aun haciendo el mal prosperan, y aun tentando a Dios escapan libres”; y ponderamos “la belleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos”.
Pero también nos recuerdan que tiempo y gracia harán justicia, ¡que Dios hará justicia!, y que a la luz saldrá la verdad de prosperidades y bellezas: “Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir, y no quedará de ellos ni rama ni raíz”. Dios hará justicia también de lo sagrado y de sus piedras: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.
No tendría futuro la apariencia si no se revistiese de verdad, y es en esa verdad, que atrae y que cautiva, donde se esconde el aguijón del engaño que envenena: La prosperidad del malvado, el banquete del epulón, la cosecha del insensato, el poder del Sanedrín, la autoridad de Pilato, la gloria del emperador, son “apetecibles a la vista, excelentes para lograr sabiduría y buenos para comer”. Sólo tiempo y gracia harán justicia, y sacarán a la luz lo que ocultaba el engaño: serán “paja quemada”.
A su vez, hambre y heridas de Lázaro, sufrimiento de los empobrecidos, humillación del justo, son hambre y heridas, sufrimiento y humillación verdaderos, que por serlo, atraen a quienes los padecen hacia el espejismo de la prosperidad injusta y la felicidad perversa. Por eso, también a los siervos de Dios los ha de buscar la verdad y consolar la justicia: “Ellos serán para mí, dice el Señor, propiedad personal; y yo seré indulgente con ellos como es indulgente un padre con el hijo que le sirve”… ¡Los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas!”
La verdad busca la noche de este Calvario en el que un puñado de cínicos se divierte, y una multitud de curiosos mira indiferente, mientras a las tres cruces de la vieja estampa son clavados a miles cada día los hijos del hombre, los condenados a muerte por hambre, por guerras, por violaciones, por explotación sexual, por explotación laboral, por éxodos sin caminos, por fronteras sin humanidad, por una justicia de ricos pensada para reprimir a los pobres.
La verdad busca iluminar con su luz la cruz del hombre.
Hoy, a ti que crees, te busca la palabra de Dios que escuchas: “¡Los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas!” Hoy te busca el Cuerpo de Cristo que recibes, “Sol” que amanece sobre tu vida como prenda segura de gloria en la justicia.
“Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Te lo dice tu Señor, experto de cruces y de vida. Te lo dice la verdad. Te lo dice el que te busca porque te ama.
Feliz domingo.

Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger

lunes, 1 de noviembre de 2010

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS



Vemos en esperanza nuestra gloria:

Lo escribió Juan, el vidente de Patmos; lo escribió para una Iglesia sumida en la oscuridad de la prueba, verdadera noche sobrevenida a los fieles ante la demora en el retorno del Señor y la experiencia amarga de la persecución sufrida y de la muerte. Los ojos del vidente fueron para aquella Iglesia testigos del futuro: “Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar… vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”.
Él vio con los ojos para que nosotros viéramos con la fe. La de hoy es una fiesta para la contemplación, para “ver” la obra de Dios en los hombres, la muchedumbre inmensa de los redimidos, la gloria del cielo.
Hoy, a la luz de la fe, contemplamos el futuro de la Iglesia: la bienaventuranza de los Santos es la nuestra en esperanza.
Hoy la voz de la Iglesia que aún peregrina en la tierra se une en un solo cántico de alabanza a la voz de la Iglesia que ya goza de Dios en el cielo: “¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!” De Dios y del Cordero son la gracia y la misericordia, la justicia y la santidad, la paz, la dicha y la gloria.
Ya sabes de dónde viene la luz que hace blancos los vestidos. Pero, ¿quiénes son ésos que has visto iluminados por la salvación? “Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”.
Estos son los que vienen de la noche en la que tú peregrinas; estos fueron Iglesia de los caminos antes de ser Iglesia del cielo; estos fueron y son hijos de la noche e hijos de Dios, pobres a los que Dios regala su Reino, pequeños a los que Dios consuela, pecadores a los que Dios perdona, leprosos a los que Dios limpia, hambrientos saciados de justicia y de misericordia, operadores de paz reconocidos como nacidos de Dios.
Para esta Iglesia que conoce de cerca la noche de su pasión, la impotencia frente a la injusticia, el grito de los pobres, la fatiga de buscar un pan que llevar a la mesa del hambriento; para esta Iglesia que da la vida por poner dignidad, humanidad, respeto y justicia en la vida de los humillados; para ella son las palabras de su Señor, del que es su salvación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.
A él, a Cristo, han ido los hoy contemplas como multitud en la gloria del cielo. A él, a Cristo, vamos en la eucaristía los que hoy celebramos la salvación que en Cristo se nos ha dado. A él vamos, en él descansamos, para volver a llevar pan a las mesas y dignidad a las vidas.
Feliz día de Todos los Santos, Iglesia peregrina. Feliz contemplación de lo que tu Señor prepara para ti, para tus pobres. Feliz encuentro con Cristo, feliz descanso en Cristo.

Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger
Edita: Edelweiss

domingo, 31 de octubre de 2010

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO C



Creemos, esperamos, clamamos:

Cuando el amor deja de ser misterio para hacerse evidencia, en realidad deja de ser amor.
Si la humilde confesión de fe -“Señor, el mundo ante ti es como un grano de arena… Te compadeces de todos… amas a todos… a todos perdonas”- es suplantada en el corazón del hombre por la suficiencia de la información sobre Dios –Dios tiene misericordia, Dios perdona, Dios lleva a la vida eterna-, la evidencia anula la esperanza y queda sin resortes el deseo: Zaqueo no se subirá a su higuera, pues nada queda ya que ver, y en los labios informados se apagará la oración, pues nada queda ya que pedir.
Quien ignora la libertad de Dios para amar, se protege con ello de un amor en el que no se atreve a creer ni sabe confiar.
Pero nosotros creemos, por eso clamamos. Porque creemos, la esperanza inunda el cielo con palabras de oración: “No me abandones, Señor, Dios mío; no te quedes lejos; ven aprisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación”. Porque creemos, “corremos más adelante”, a la asamblea litúrgica, a la celebración eucarística, para salir al encuentro de la salvación que anhelamos. Porque creemos, subimos a la casa del Señor, porque queremos “ver a Jesús”.
Porque creemos, esperamos; porque esperamos, clamamos. Clama el que ora, clama el que corre, clama el que sube: “No me abandones, Señor, Dios mío”.
Hoy eres tú, comunidad de fe y esperanza, la que escuchas, dichas para ti, las palabras del evangelio: “Baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Tú le has dicho a tu Señor: “No te quedes lejos”; y él, al llegar junto a ti, te dice: “hoy tengo que alojarme en tu casa”.
Y lo recibirás, asombrada y contenta de que se haya fijado en tu pequeñez. Harás fiesta, porque el amor de Dios te ha rodeado, porque la salvación ha entrado en tu casa. Y repartirás con los pobres todos esos bienes que ya no necesitas para engañar tu soledad.
Ahora, con Zaqueo el publicano, con el salmista, con la divina Sabiduría, también tú puedes renovar confesión y aclamación: “Señor, el mundo ante ti es como un grano de arena… Te compadeces de todos… amas a todos… a todos perdonas”. “Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey”.
Feliz domingo.

Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger
Edita: Edelweiss