domingo, 20 de enero de 2013

CUANDO EL VINO SE HACE AÑEJO

Cuando el vino se hace añejo su sabor adquiere su total esplendidez.

Cuando el vino se hace añejo tiene la plenitud de su madurez.

Así es el vino de nuestra vida que empezó con uvas verdes y frescas, pero poco a poco se fue almacenando en nuestro corazón, poco a poco se fue llenando el ánfora de nuestra alma y dichosos serán los que permitan que ese vino alcance los bordes y llegue a derramarse para los demás.

Ese vino son nuestras vivencias, nuestros recuerdos, nuestra valiosa experiencia de la vida. Claro-oscuro de luces y sombras. Días luminosos, si la infancia fue feliz; días de adolescencia y juventud que nos dejaron un aroma de vino dulce y perfumado y otros recuerdos que son como una copa amarga que tuvimos que beber.

Así, en toda vida humana tenemos que gustar de una serie de acontecimientos tristes y gozosos que van tejiendo la urdimbre de nuestro existir y nos dejan el poso del vino reposado, dulce y noble o el poso de una amargura vivida. Los dos van a darle cuerpo y aroma a ese vino irrepetible de nuestro vivir.

Solemos ser buenos para el tiempo de alegría y bonanza, pero generalmente no sabemos o nos cuesta mucho comportarnos a la altura de las circunstancias cuando llega el tiempo de la prueba, el tiempo del dolor o del sacrificio. Y en el fondo es una cosa natural, pues el hombre fue hecho para la felicidad, para el amor, para la plenitud. Así fuimos creados, pero el mal se interpuso entre Dios y el hombre y nos llenó de malas inclinaciones y así supimos del dolor. Por eso en nuestro peregrinar por la tierra sabemos que tenemos que amalgamar alegrías y dolores, salud y enfermedad, contrariedades y dichas, éxitos y fracasos, todo como un buen vino añejado por el tiempo para darle de beber a los demás.

Un alma que no atesora, que pasa por la vida con la vaciedad de la inmadurez y del egoísmo, nunca podrá ser la fuente donde otras almas necesitadas y sedientas puedan apagar su sed.

Catholic.net

Edita:Edelweiss






domingo, 21 de octubre de 2012

  • El lema “Misioneros de la fe” se sitúa en el centro de la Cruz. En ella Jesucristo entregó su vida. De ella nace el don de la fe que como gracia reciben los bautizados. Mirar la cruz suscita la súplica de los apóstoles: “Auméntanos la fe” (Lc 17,5).
  • Al pie de la Cruz están unas manos abiertas mostrando el mundo. Es la humanidad, diseminada por los cinco continentes, que está llamada a acercarse a la Cruz. Se pretende hacer más visible gráficamente la intrínseca unidad de la humanidad con el Redentor.
  • Son las manos de los misioneros, que presentan, con sus vidas, a la humanidad, para que sea bendecida con el don de la fe que brota de la Cruz salvadora.

jueves, 4 de octubre de 2012

SAN FRANCISCO DE ASÍS, 4 DE OCTUBRE

San Francisco nació el 1182 en Asís, aunque Dante quería llamarla Oriente, pues allí nació para el mundo un sol. Era hijo de Pedro Bernardone y de Mona Pica. Hasta los 24 años llevó una vida muy disipada.

Cayó enfermo y decidió cambiar. Pronto lo olvidó. Entró un día en San Damián, y una voz de Cristo le decía: «Francisco, repara mi Iglesia, que, como ves, amenaza ruina». Y se puso a reparar aque...
la iglesia.

Su padre lo recoge y lo encierra en casa. Francisco tira por la ventana los paños de su padre, que lo arrastra ante el obispo para castigarle. Francisco dijo: «En adelante sólo diré, Padre Nuestro que estás en los cielos, no padre Bernardone, pues le devuelvo dinero y vestidos». Y se marchó.

Su vocación se le aclaró en la fiesta de San Matías. A1 oír en el Evangelio que los servidores de Cristo no debían poseer oro ni plata, ni alforja, ni calzado ni dos túnicas, exclamó, según Celano: «Esto es lo que yo buscaba y lo que quiero cumplir». Y se decidió a seguir en todo al pie de la letra el Evangelio y los pasos de Nuestro Señor. Le siguieron discípulos. Y una noble doncella, Clara. Clara de nombre y clara por sus obras. Este es el mensaje de Francisco: Reproducir en todo la vida de Jesús, vivir su pobreza, imitar sus pasos y doctrinas. «El mismo Dios me reveló, dice su Testamento, que debía vivir según la norma del Santo Evangelio».

Según las Florecillas, Cristo quiso renovar su vida y pasión en Francisco. Francisco eligió doce compañeros como Jesús, y al morir mandó traer unos panes, los bendijo y repartió. Dicen que Mona Pica lo dio a luz en una cueva. Comenzó en Greccio la devoción del «Pesebre». Recibió las llagas. Fue predicador ambulante. Peregrinó a Tierra Santa. Y a Santiago de Compostela.

Tuvo gran amor a la Virgen, amor que extendió a todos los hombres. Mimaba a los enfermos y besaba a los leprosos. Sólo al hermano Mosca no lo quiso admitir, porque «ni oraba ni trabajaba y vivía como un zángano».

Ampliaba el amor a los animales y les hablaba con cariño, incluso al lobo de Gubbio. Si pudiera, el día de Navidad repartiría trigo para todos. En el Cántico del Sol llama hermanos a todas las criaturas.

Vivía y recomendaba la oración prolongada, la obediencia, la hospitalidad, la alegría -¡la perfecta alegría!-, la humildad, hasta el punto de no querer pasar de diácono. Era enemigo de discutir: «¡Señor, hazme instrumento de tu paz!» Amaba sobre todo a la santísima pobreza, la Dama Pobreza. Pide al Papa en Roma les conceda llevar ese género de vida.

«Casi ciego ya por la mucha penitencia y continuo llorar», vio que le llegaba la muerte. «Sea bienvenida mi hermana la muerte», exclamó. Pidió que le leyeran el Evangelio de la Pasión y que Fray Ángel y Fray León le cantaran la estrofa de la hermana muerte, y se durmió en el Señor. Murió en la Porciúncula, el 4 de octubre de 1226, a los 44 años de edad, mirando a Asís.

Fue canonizado dos años después en Asís por Gregorio IX. Dos años más tarde fueron trasladados sus restos a su Basílica, tan hermosamente decorada por los frescos del Giotto. Dieron un rodeo, pasaron por San Damián, y ante las rejas abrieron el féretro para que Santa Clara, su más preciosa plantita, contemplara su cuerpo, fresco como el de un niño.

San Francisco trajo al mundo una nueva primavera. El pueblo le llamó «el Cristo de la Edad Media». Lope de Vega lo apellida «Lugarteniente de Cristo». Isabel la Católica lo invocaba como «Alférez de Cristo, padre mío y muy amado y especial abogado». San Francisco es una figura irrepetible.