domingo, 14 de marzo de 2010

IV DOMINGO DE CUARESMA






La fiesta del regreso… Abrazos que resucitan:

La memoria del pasado permite intuir la realidad del futuro.
La de los israelitas en Guilgal fue apenas una comida: “panes ázimos y espigan fritas”. Pero era ya “el fruto de la tierra”, y eso le daba a aquella frugalidad de mesa austera sabor a fiesta, aire de banquete.
Podemos imaginar la comunidad reunida por familias, la bendición antes de aquella primera comida ritual, el asombro por el descanso y la libertad alcanzados con la tierra, música y danza al gustar las primicias de un mundo nuevo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor… Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca”.
El de la parábola fue un banquete como sólo puede disponerlo un padre feliz de encontrar a su hijo que estaba perdido, quién sabe si muerto.
El hijo regresa de lejos con una confesión y una súplica, preparadas desde el primer paso en el camino de vuelta a casa.
El padre lo espera con una fiesta soñada desde que aquel hijo se le fue casa y se le ocultó a la vista en el primer recodo del camino. La fiesta empieza en el corazón del padre cuando el hijo todavía estaba lejos, y es conmoción del corazón, y es danza de los pies a la carrera, y es fundirse en un abrazo, y es una locura de besos. Luego será la gala y el banquete: “Sacad enseguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.
En aquel día de la parábola, incluso fuera de casa se oían música y baile. Y las viejas palabras del salmista habían adquirido un sentido nuevo: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Y el estribillo repetía: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.
Ahora, Iglesia santa, que haces tu camino cuaresmal hacia la Pascua, ya puedes gustar anticipada en la eucaristía la fiesta que el Padre ha preparado para ti. Revístete de Cristo, de la túnica mejor para el día de tu reconciliación, ponte el traje de gracia, de justicia, de santidad. Recibe el anillo de tu dignidad en la casa de Dios. Siéntate a la mesa del banquete que el amor del Padre ha preparado para ti.
Un día será la Pascua. Un día será el banquete del cielo. Un día las palabras del viejo estribillo serán un cántico eternamente nuevo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.
Mientras tanto, aprendemos a abrazar como Dios nos abraza, y a resucitar hijos con el abrazo.
Feliz domingo.


Fr. Santiago Agrelo Martínez

Arzobispo de Tánger

Edita: Edelweiss





domingo, 7 de marzo de 2010

III DOMINGO DE CUARESMA





Podemos luchar con la muerte… y vencerla:

El evangelio de este domingo menciona a unos galileos “cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían”. Jesús, por su cuenta, hace referencia a “aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre Siloé”. Nosotros hoy nos acercaríamos al Maestro para decirle lo de Haití y lo de Chile; le hablaríamos de inundaciones y tsunamis, de muertos en las carreteras de la modernidad y en los caminos de las drogas; le contaríamos haber oído sin poder creerlo que hay Continentes del hambre, con millones de personas que mueren sin nada que comer y nada que reivindicar con la propia muerte; le pediríamos una palabra sobre los millones de muertes, contabilizadas unas, previstas otras, legalizadas todas al amparo de Leyes de Salud Sexual y Reproductiva.
Jesús no es un ateo en busca de una razón en la que apoyar su negación de Dios. Tampoco es un activista de partido que aprovecha la ocasión que los acontecimientos le ofrecen para denunciar acciones u omisiones de quien gobierna. Jesús es un creyente, y se dirige a quienes lo han interpelado, porque ellos, sus oyentes, que pudieran parecer meros espectadores de un drama vivido por otros, son en realidad actores en el mismo escenario y pueden correr la misma suerte que aquellos de quienes han hablado.
Las palabras de Jesús son para ti y para mí: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo”.
La palabra clave en la respuesta de Jesús es: convertirse.
La muerte improvisa y violenta interpela siempre la conciencia y cuestiona las certezas. La muerte, aunque no quieras, te deja un elenco de preguntas en el buzón del alma.
Las respuestas posibles son muchas. A mí me interesa la que dio Jesús: convertirse. Me interesa sencillamente porque tiene que ver conmigo, con mi vida, con mis opciones, con lo más hondo de mí mismo.
He dicho “conmigo”; tendría que decir “con nosotros”, con quienes hoy celebramos la eucaristía y escuchamos la palabra del Señor y hacemos comunión con él.
Hemos comenzado la celebración, diciendo: “Tengo los ojos puestos en el Señor, porque él saca mis pies de la red”. Que es como comenzar “convertidos” a Dios, vueltos hacia él, lleno de fe el corazón, y la mirada buscando, convertida, al que es nuestro libertador.
Luego oramos, confesando: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Y la oración de la comunidad se hizo bendición al Señor, memoria de sus beneficios, de su perdón, de su bondad. Oramos con palabras de un salmista que no conoció a Jesús; oramos, llenando las palabras de su salmo con la memoria del amor que Dios nos ha revelado en las obras de Jesús; oramos convertidos a Cristo Jesús y a nuestro Dios.
Luego comulgaremos, y, como Jesús y como el Padre, nos convertiremos a todos los que necesitan piedad y amor: a las víctimas de terremotos y saqueos, de inundaciones y tsunamis, de violencias y ambiciones, de egoísmos y vanidades.
En nuestras manos está salvar de la muerte, y todos tenemos experiencia de este poder maravilloso que se nos ha dado: podemos arrebatar víctimas al aborto, al hambre, a las drogas, al SIDA, a la esclavitud sexual, a todas las formas institucionalizadas que la muerte ha ido asumiendo en la historia de la humanidad. ¡Podemos!
Bienvenidos al munndo de Jesús.

Feliz domingo.

+Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger

Edita: Edelweiss


domingo, 28 de febrero de 2010

II DOMINGO DE CUARESMA



La montaña de la luz:

Si un día has de subir, como Abrahán, a la montaña “donde el Señor provee”, si has de ofrecer sobre el altar de la fe lo que más quieres, si has de peregrinar sobre la tierra sinalcanzar la meta del camino, si has de conocer el terror intenso y oscuro de la muerte, habrás de guardar siempre como un tesoro en el corazón la memoria de las promesas que el Señor te hace, pues éstas han de ser luz para el camino cuando llegue tu noche.
Cuántas veces el israelita creyente habrá llevado desde el corazón a los labios la oración del salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Las palabras de la oración recuerdan la alianza de Dios con su fiel Abrán, la luz que iluminaba las casas de Israel en Egipto, la luz que acompañaba la peregrinación de Israel en el desierto, la luz inaccesible en la que habita el Señor.
Hoy, domingo de la transfiguración del Señor, la Iglesia sube con Jesús de Nazaret a la montaña de la luz.
Nos disponemos a subir con Cristo a la montaña “donde el Señor provee”, la montaña de la obediencia, altura hermosa donde el amor consuma la reconciliación del hombre con Dios y se hace evangelio la paz; nos disponemos a subir con Jesús a la montaña de su muerte, a cargar con nuestra cruz de cada día, a seguirle por el camino en el que él nos precede con la suya; por eso subimos hoy con él a la montaña de la luz, para guardar en el corazón la memoria de una revelación que es una promesa inaudita, pronunciada para iluminar la noche de Jesús y nuestra noche: “Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadle”.
Considera el misterio, Iglesia cuerpo de Cristo: hoy comulgas con tu Señor, te haces una con él por la fe y el amor. Sabes que subirás con él hasta la cruz; sabes que te ilumina la misma luz misteriosa que en la montaña alta cambió el aspecto del rostro de Jesús e hizo brillar de blancos sus vestidos; sabes que ofrecida con él en el mismo altar, mientras sufriendo aprendes como él a obedecer, eres amada en el más amado, eres iluminada por la luz que a él lo ilumina, y un día gozarás resucitada de la luz que hoy ves resplandecer en su cuerpo transfigurado.
Guarda memoria de esa luz: la necesitas para tu noche, para la noche de tus hijos, para mantener viva su esperanza, para vendar heridas sin morir de dolor.
Hoy subimos con Cristo a la montaña de la luz. Hasta que un día brille sobre todos nosotros la luz de la Pascua.
Feliz domingo.

Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger

Edita: Edelweiss