domingo, 12 de diciembre de 2010

III DOMINGO DEL TIEMPO DE ADVIENTO - CICLO A



El Señor está cerca:

La invitación apostólica nos llega motivada con palabras de revelación: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.
La Iglesia presiente cercana la fiesta del nacimiento de Cristo, fiesta de gozo y salvación; el pueblo de Dios la espera con fe y pide la gracia de llegar a celebrarla con alegría desbordante.
“El Señor está cerca”, tan cerca como la fiesta de Navidad, parece decir la liturgia; más cerca que la Navidad, te sugiere el corazón.
“El Señor está cerca”, tan dentro de ti como su ausencia:
“¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido”.
El Señor está tan dentro de ti como tu deseo de encontrarte con él, tan dentro de ti como pueda estarlo tu tristeza y la esperanza de que su alegría te encuentre; tan tuyo como tu agitación y tu necesidad de oír pronunciadas sobre ella palabras de paz.
“El Señor está cerca”, tan cerca como la redención que ya has recibido, como el perdón que ya se te ha dado, como la gracia con que ya te han visitado. El Señor está cerca de ti como el bien con que has sido bendecido, como la santidad para la que has sido elegido.
“El Señor está cerca”, tan cerca de ti como lo está su palabra que escuchas, su cuerpo que comulgas, sus pobres a quienes acudes.
“El Señor está cerca”: presencia del amado en el corazón de la esposa, presencia del Amor en la memoria de la Iglesia.
En todo has puesto tú su nombre: en el desierto y el yermo, en el páramo y la estepa, en el Líbano y en el Carmelo. Y en todo ha dejado él la huella de su paso:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de su hermosura”.
“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.


Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger



Edita: Edelweiss


domingo, 28 de noviembre de 2010

Somos el pueblo de la esperanza:




Vuelve el adviento, tiempo de ausencias y esperanzas.
Según el diccionario, ausente se dice del que está separado de alguna persona o lugar. Para el corazón, ausente está aquel a quien se espera, y tanto mayor será el mal de ausencia, cuanto sea mayor el ansia de abrazar al que esperamos.

Adviento es tiempo de ausencias para el corazón creyente.
Considera lo que anhelas: “El monte de la casa del Señor”, “la palabra del Señor”, “su ley”, su justicia, su paz, “su luz”.
Confía a la oración lo que deseas: “Muéstrame el camino… enséñame a cumplir tu voluntad… guíame por la senda justa… inclina mi corazón a tus preceptos”, “dame vida según tu promesa”.
Aunque no hayas pronunciado su nombre, aunque no lo hubieses nunca conocido, tú corazón y tu oración están clamando por Cristo Jesús: Él es el Camino y la Verdad y la Vida, él es el Maestro, él es la Palabra, él es la Luz del mundo, él es el Amor que hace ley en el Reino de Dios. Él es la casa del Señor, en él están los tribunales de justicia, los palacios de la misericordia y la redención.
En verdad, “ya están pisando nuestros pies” los umbrales de la ciudad santa, de la nueva Jerusalén, pues ya estamos en Cristo por gracia, ya somos de Cristo por la fe y los sacramentos, ya poseemos las arras de la futura gloria, ya somos hijos de Dios, aunque todavía no se ha manifestado lo que seremos. Por eso esperamos que se manifieste, esperamos ver a quien nos ama, a quien amamos, anhelamos su venida, pues sabemos que, al verle tal cual es, llegaremos a ser semejantes a él.
Somos el pueblo de la esperanza, vivimos siempre en adviento. La esperanza pone en vela el corazón, en vela la oración, en vela el deseo, en vela todo nuestro ser. Por eso vamos ya con alegría a la casa del Señor, aunque la alegría de hoy nazca sólo de la esperanza cierta de que un día entraremos con Cristo en Dios.

Ven, Señor Jesús: te esperamos en nuestra eucaristía, te esperamos en la celebración solemne de tu Natividad, preparamos tu venida gloriosa al fin de los tiempos.
Ven, Señor.
Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger
Edita: Edelweiss

domingo, 21 de noviembre de 2010

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO



¡Qué alegría cuando me dijeron: «El Rey»!


La de este domingo, el último del Año Litúrgico, es una fiesta reservada a pecadores redimidos, a esclavos liberados, a ciegos iluminados, a leprosos que han sido curados, a muertos que han resucitado. Sólo quienes hayan experimentado la dicha de la redención, de la liberación, de la luz, de la curación, de la resurrección, podrán aclamar con todo el ser a quien es para ellos la salvación, a su Rey.

La de hoy es una fiesta reservada a los pequeños, a los humildes, a aquellos a quienes nada les ha quedado en herencia si no es Dios, sus promesas y su fidelidad.

No te escandalices si de tu fiesta no participan los poderosos, los que a sí mismos se salvan, los que no necesitan que los visite la misericordia ni la bondad. Poder y orgullo los ciegan, y no verán al Cordero degollado, al Hijo de Dios que se les ha dado, a Jesús de Nazaret humillado en la carne, exaltado en la cruz. Poder y orgullo los ciegan para que no vean a su Rey.

Es ésta una fiesta para hijos de Dios, a quienes mueve el Espíritu de Dios, pues en ella, armonizados los contrarios, contemplan al “Cordero degollado” y lo aclaman “digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor”; recuerdan el dominio de las tinieblas que padecían, y dan “gracias a Dios, que los ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz”; sufren crucificados con Cristo y guardan en el corazón esperanzas de paraíso.

El salmo de las tribus que subían a la casa del Señor en Jerusalén es hoy nuestro canto, el de los redimidos que celebran a su Rey.

“¡Qué alegría cuando me dijeron”: «Vamos a la casa de la reconciliación, vamos a la gracia del perdón, vamos a la morada de toda plenitud, vamos a Cristo Jesús»! ¡«Vamos al “reino de la verdad y la vida”, vamos al reino “de la santidad y la gracia”, vamos al reino “de la justicia, el amor y la paz”, vamos al reino que Cristo Jesús ha entregado a la majestad infinita de Dios, su Padre»! ¡«Vamos a escuchar con la Iglesia la palabra de Dios, vamos a recibir en la Iglesia la visita del Hijo de Dios»!

Nuestros pies ya están pisando los umbrales de la dicha que esperamos, de la nueva Jerusalén que es nuestra madre.

“¡Qué alegría cuando”, desde lo alto de su trono, el Rey nos reveló: «Hoy, conmigo, estarás entre los pobres; hoy, conmigo, estarás también junto a Dios»; “hoy estarás conmigo en el paraíso”!

“¡Qué alegría cuando la palabra de Dios y su Espíritu, la fe, la gracia y la Iglesia me dijeron”: «El Rey»!

Fiesta es ésta para pobres, alegría para pequeños, bendición para hijos de la redención.
Feliz domingo.

+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger
Publica: Edelweiss