domingo, 30 de agosto de 2009

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Hace unos años escribí para un programa religioso de la radio gallega un comentario al evangelio de este domingo. Creo que vale la pena recordar hoy lo que entonces vi oportuno decir.
La síntesis del evangelio de este domingo podría ser ésta: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”.
¿Quién no recuerda el halo de misterio que rodeaba la celebración de la misa cuando el cura la decía en latín, en voz baja, y de espaldas a una comunidad creyente que no oía, no veía, no entendía? ¿Quién no recuerda amigos o conocidos, que en las reformas litúrgicas de después del Concilio encontraron una razón para abandonar toda forma de participación en las celebraciones de la comunidad eclesial? Todo ello en nombre de una supuesta tradición que, en realidad, no era otra cosa que tradiciones humanas. Y si no queremos recordar cosas que para los jóvenes son ya de otros tiempos, podríamos mencionar bautismos, comuniones, matrimonios que, por tradición, hacen todavía en la Iglesia gentes que ya no creen y que pretenden tener el derecho de imitar sin fe los sacramentos que celebra la fe de los creyentes.
Las palabras del evangelio llegan llenas de verdad para denunciar estas situaciones: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”.
Para el evangelista es importante esa reivindicación de la primacía del mandato divino sobre las tradiciones humanas. Pero él quiere hablar también de Jesús, yo diría que quiere hablar sobre todo de Jesús, de su persona, de la soledad en que lo van dejando enemigos y curiosos, amigos y discípulos, incluso los Doce, que tampoco parecen entender mucho lo que su Maestro va diciendo por los caminos de Galilea.
Son muchos, demasiados, los hombres y mujeres dispuestos a pelear, tal vez a matar, por “tradiciones humanas”. Son muchos los que no sienten por la palabra de Dios aquel apego del corazón que ella merece. Somos muchos, demasiados, los que practicando por tradición normas supuestamente cristianas de conducta, no conocemos a Jesús como nuestro Salvador y Señor, y lo dejamos indiferentes en su soledad. ¡Puede que todavía no hayamos empezado a creer!


P.D.: Si queremos saber de la soledad en que dejamos a Cristo, será conveniente que consideremos la soledad en que dejamos a los pobres.

Feliz domingo.

+ Fr. Santiago Agrelo Martínez, Arzobispo de Tánger



Edita: Edelweiss








domingo, 23 de agosto de 2009

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Si la fe no se reduce a mero ejercicio de prácticas religiosas, llega un momento en que se nos pide la adhesión personal a Dios: “Si no os parece bien servir al Señor, escoged a quién servir”. Entonces en nuestro interior resonará la pregunta: “¿También vosotros queréis marcharos?”
El evangelio de este domingo describe una situación dramática: Las gentes a las que habíamos visto salir en busca de Jesús y que querían nombrarlo rey como si tuviesen fe, se apartan ahora de él decepcionadas.
Muchos de los que hasta aquella hora habían sido sus discípulos “se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Incluso a los Doce, a los íntimos, Jesús ha de preguntar si quieren marcharse.

¿Qué había de escandaloso en las palabras de Jesús? Lo escandaloso en el discurso de Jesús sobre el pan de vida era la muerte de quien decía proceder del cielo y se presentaba como enviado de Dios para la vida del mundo. Lo inaceptable era el Cuerpo repartido del Mesías Jesús y su sangre entregada.

Los hombres no podemos creer, no podemos comer ni beber esa dura realidad, pues se aparta demasiado de las ilusiones que alimenta nuestra religiosidad. Todos estaríamos dispuesto a seguir a un Dios que por nada reparte pan sabroso y abundante, pero damos la espalda a un Dios que se parte como un pan para que comamos y nos pide hacer de nuestra vida un pan para que todos coman.

Si queremos comprender en profundidad el escándalo que suscita el proyecto de Dios en el corazón del hombre, si queremos acercarnos al misterio de la soledad de Jesús, hemos de dejar la sinagoga de Cafarnaún para acercarnos al monte de la crucifixión. Allí no sólo enemigos, indiferentes o curiosos, sino también los Doce, los íntimos, abandonan a Jesús.

Si la Eucaristía que celebramos nos deja tranquilos en nuestra religiosidad, es de temer que todavía no empezamos a vivirla como sacramento del escándalo de la cruz. Para un cristiano, creer y comulgar significa escoger como Señor a un Dios que le ofrece la vida para que dé la vida con él.

Feliz domingo.


+ Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger



Publica: Edelweiss

domingo, 16 de agosto de 2009

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


“La Sabiduría se ha construido su casa… ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado sus criadas para que lo anuncien… Venid a comer mi pan”.

Considera la palabra sapiencial como palabra profética que se ha cumplido en el misterio de la encarnación: “La Palabra de Dios se hizo hombre, y acampó entre nosotros… De su plenitud todos nosotros recibimos”.
Pregunta a los que se han sentado a su mesa, pregunta y te dirán lo que han hallado: Retrocede el espíritu del mal, a la mujer se le da la mano para que se levante, los leprosos quedan limpios, los enfermos son curados, los pecadores son perdonados, descreídos y recaudadores se sientan a la mesa de Dios, porque Dios ha salido a buscarlos.
Come a la mesa de la sabiduría la mujer que amó mucho, el publicano que no se atrevía a levantar la cabeza, la adúltera amada, el ladrón acogido al asilo del paraíso. A la mesa del Reino se sientan los pobres, los inexpertos, los faltos de juicio, y hasta intuimos que allí se ha sentado el centurión que dirigió a los soldados de la crucifixión. “Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada”.
Considera el modo en que la Sabiduría ha preparado el banquete: La Palabra, haciéndose hombre, se revistió de nuestra frágil condición, cargó con nuestras debilidades, comulgó con nuestras miserias.
Considera ahora la eucaristía de tu domingo. “La mesa está servida, caliente el pan y envejecido el vino”. Hoy, escuchando y comulgando, tú entras en el banquete de la Sabiduría. Comes, y te haces de Cristo; comes, y te revistes de inmortalidad; comes, y eres fortalecido para caminar hasta el monte de Dios; comes, y eres justificado con justicia divina; comes, y vives, pues has comido el pan vivo que ha bajado del cielo: “El que come de ese pan vivirá para siempre”.
Sal a los caminos e invita a todos los pobres al banquete que para ellos ha preparado la Sabiduría de Dios.
Feliz domingo.



Edita: Edelweiss